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La música del Alzheimer.com

Hola, papi:

He pasado a las 5 de la tarde por el sicogeriátrico. A esta horas íbamos a sacarte de paseo, mamá (tu chica, tu compañera, ¿te acuerdas?) todos los días, y nosotros (los demás, hijos nietos y demás familiares –cuñao cura incluido-) los domingos y fiestas de guardar. ¿Te acuerdas?

He pasado a velocidad de bicicleta por casualidad a las 5 de la tarde. Y he recordado en un momento tantas cosas vividas que tú ibas olvidando poco a poco. Ir allá, recorrer aquellos pasillos azulejados, tan curiosos, tan bellos, pasarela al sol y protegida de viento y lluvia. Tantas músicas, tanto acompañamiento, en clave de sol y en claves de fa, en tono mayor y en menor, todo al mismo tiempo, en escalas pentatónicas y dodecafónicas. La melodía con acompañamiento de trémolo de vajillas del carro de las comidas como una orquesta rodante por aquel largo túnel que conecta pabellones. Los pasos como de percusión variada de los internos, unos arrastrando más los pies, otros con sus estertores acompasados, otros con sus inacabables soliloquios. Los saludos de ida y vuelta de los familiares –qué tal, por aquí claro, hoy un poco mejor, se le ve bien, aquí seguimos- teñidos de una extraña alegría melancólica.

Era recorrer el pasillo con pasamanos a los lados por si los internos. Llegar hasta “Pabellón Itzuli” y llamar al timbre. Subir en el ascensor-montacargas-montapersonas con sus melodías crujientes y ver dónde estabas. Al principio paseando por los pasillos, luego ya en la silla de ruedas. Y tus compas, esos idos que sabían de ti, que sabían que éramos tu familia, nos decían con sus pronunciaciones desdentadas: Está ahí, sí. Era montarte en la silla de salir de paseo, ponerte los abrigos, la manta por las piernas, el gorro, todo todito todo. Y arreando con la silla a buscar el sol y el fresco, para ahuyentar los microbios y las bacterias, buscar vitaminas, quitar las telarañas del olvido.

Hoy, pasando por allí a velocidad de bicicleta, han sonado en mí todas esas músicas a la vez, como si cada árbol y cada banco del recorrido pusieran su propia canción: aquí las nietas decían esto, aquí se caía la manta, aquí era la merienda, aquí sacábamos el pañuelito para limpiarte bien, aquí te cogía de la mano la tía, aquí… Todas las músicas a la vez.

Parece mentira, las leyes de la física y las matemáticas probablemente escapan a las leyes de la música del Alzheimer: un ancla tan grande con tan desvalido cuerpo sobre silla de ruedas, una referencia en este maremágnum de desconcierto, la memoria de las grandes ideas y los grandes valores sembrada en nosotros por quien iba perdiendo la memoria, como Pulgarcito sus migas para regresar al hogar… Entre el bramido de las tormentas de hoy mismo suena la música de tu Alzheimer para que no perdamos el rumbo ni el compás.

Consuelo Allué

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