La música da color a la vida. Concierto en la Casa de Cultura de Noain

Tarde lluviosa de viernes. Ante la Casa de Cultura de Noain hay una gran, alegre y tumultuosa fila. No quedan entradas. A las 19.30 empieza la función, primero una sola persona en el escenario, un adulto integrante del coro del Valle de Elorz vestido de pastor. Luego van saliendo el resto de voces masculinas. Después, las femeninas. Han olvidado la vergüenza y dominado el miedo escénico, se han sobrepuesto a los nervios y vienen a cantar (y a bailar) ante el pueblo, a emocionarnos y demostrar que cantan porque la música nos es necesaria y benéfica como el pan de cada día.

Tanto ellos como los del coro juvenil (que iluminan el escenario con sus camisetas de colores) y los infantiles (que alegran aún más la velada con sus cintas de purpurina) nos muestran, en estos momentos tan difíciles, que lo mejor del ser humano está en torno al arte, a la música, a la cultura (cultura del cuerpo y del alma, asentada más o menos en medio del cerebro –por cierto, los científicos están a punto de demostrar que algunos seres seudohumanos no tienen alma-).

La directora del coro, por si fuera poco dirigir de manera enérgica, dinámica y agradable el coro, y de elegir un repertorio interesante, variado y motivador, además es una excelente bailarina, que marca las coreografías a los cantores.

Escuchándolos casi desde el fondo de la sala, además de disfrutar del entusiasmo de los asistentes y de los cantantes y otros músicos (el conjunto de acordeones o la pianista), pensaba en la Música, en las Artes y en cómo están masacrando la Educación desde el ministerio que más tendría que protegerla. Otra vez han puesto al lobo a cuidar a las ovejas. Tendría que estar aquí Wert, esta persona (concedámoslo entidad de persona, casi es Navidad J) que ostenta el cargo de ministro de Educación. Quizá empezase a ser consciente de su necedad e incompetencia.

Dicen que los jóvenes se alejan de los conservatorios y de la música clásica. Aquí, y en otros lugares como este, no parece cierto en absoluto. Solo hay que ser… un buen profesor. En lugar de repetir el repertorio de siempre, de villancicos que dan sueño, todos todos todos lentos, casi monótonos, mejor armonizarlos saltando por encima de la brecha generacional, mezclando estilos, dándoles a los jóvenes cantantes la oportunidad de que bailen y se muevan, de que hagan palmas. –Como dice Ara Malikian, no hace falta interpretar la llamada música clásica con cara de pescado muerto.- Con coreografías incluidas, sintiéndose artistas dentro de su coro, con alegría, sin miedo y con público, un gran público que llena todo el auditorium.

Así sí querrán seguir año tras año. Y la música seguirá siendo, también cuando se vayan haciendo mayores, no circo del “pan y circo” que decían quería el pueblo, sino pan, necesario para vivir. Porque la música es el color de la vida.

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