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Compañeros

Compañero es alguien que te acompaña, en una tarea u otra, a lo largo de tu vida. Puede ser en un periodo de tiempo más o menos corto. Largo, incluso.

Con un compañero de clase aprendes a contar chistes, a explicar los ejercicios que el profesor no supo hacer, aprendes datos sobre enfermedades raras cuando se pone enfermo e, incluso, te vas de cena de vez en cuando. De un compañero de trabajo se aprende el día a día. Parejas, pañales, pasado, futuro, recortes, reyes, iglesia… y, de vez en cuando, a trabajar o no trabajar juntos. Con un compañero de atril… con un compañero de atril se aprende a sentir lo que él siente mientras lo está sintiendo, a respirar juntos y que de dos movimientos surja un único sonido, a ser parte de algo y pertenecer a esa unidad. Con un compañero de atril… con un compañero de atril se aprende a disfrutar de la vida.

Un compañero de atril enseña a medir, a entrar cuando el director da la entrada, a cortar en los silencios y esperar compases. Un compañero de atril enseña a poner arcos y digitaciones, a hacer pianos y fortes de orquesta, a tocar saltillo cuando hace falta. Junto a un compañero de atril se aprende a trabajar duro, a luchar por conseguir algo que únicamente suena así en tu cabeza, pero quieres poder oírlo. Se aprende a soñar y perseguir sueños. Se viaja. Se toca cansado del autobús, quemado de la playa o de resaca. Se intercambian partituras y se prestan cinturones. Se dan consejos y se reciben. Se discute. Se dialoga. Se aprende. Se siente. Y, al final del concierto, de cara a los focos, se agacha la cabeza para agradecer que ha estado a tu lado, siempre, desde la primera nota. Para recordarle que para ti es importante. Tu media naranja de atril, tu gramo de zumo de orquesta, tu compañero.

He estado en Polonia y en Valencia, en Cuenca y en Cantabria, en Zaragoza y Sangüesa. Hemos sufrido juntos porque los chelos llevaban un día de viaje en camioneta mientras nosotros volábamos en avión. Hemos cantado y bailado, hemos ido a la playa, y hemos bebido hasta que el bar cerrara. Pero, por encima de eso, muy por encima de eso, hemos aprendido a respirar a la vez y sentir la respiración del de al lado en la nuestra. Hemos conseguido igualar velocidades de arco y matices. Esa sensación de pasarle la hoja a alguien y estar orgulloso de hacerlo. Crecer mientras el otro crece, y desaparecer con él. Hacer un final de frase que se desvanece con la mano del director y que sea el mismo silencio, un único silencio, el que se queda en la sala después de la última nota, tener el arco aún encima de la cuerda, y quitarlo, y sentir que se ha acabado, algo ha desaparecido. Escuchar cada nota que brota del instrumento contiguo para intentar que sea lo mismo lo que hacen brotar tus dedos, cada instante, cada silencio, cada hercio y cada decibelio. Respirar. Moverse. Sentir a la vez. De un compañero de atril se aprende, en definitiva, a apreciar la vida.

esnametsetan

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