SUBVENCIONES…y otras cosas del querer

Imaginemos a Ramón, artesano ebanista, que crea sillas con sus manos desde hace más de 30 años. Sus creaciones son a veces buenas y otras no tanto, pero el se encarga de crear los diseños, comprar el material, dedicarle tiempo y esfuerzo, terminando por crear unas pequeñas obras de arte.

 

Pongamos el caso de Jesús, fotógrafo, ha gastado dinero en cámaras, objetivos y equipo en general, más de 6.000 euros de su bolsillo. El se dedica a hacer reportajes por toda la geografía mundial, pagándose de su dinero las estancias y viajes, tratando de mostrar parcelas del mundo que desconocemos.

 

Pedro, es director de cine y guionista, escribe historias para mostrarnos su punto de vista de las cosas, de los seres vivos, de sus circunstancias. Trata de plasmar en el celuloide, toda la idiosincrasia de este planeta tan singular en el que vivimos.

 

Como podemos ver, estos tres personajes tienen mucho en común, son creadores, cada uno a su modo, tratando de hacer llegar a los demás una idea, convirtiéndola en algo hermoso (o eso pretenden al menos). Pero hay una diferencia entre ellos, una diferencia abismal que marca un antes y un después…uno recibe subvenciones por su trabajo, los otros dos no.

 

Si, una película requiere de un presupuesto enorme…millones de euros en muchos casos, pero un grupo que toca un par de bolos de vez en cuando, ¿no tiene que gastar un montón de dinero en comprar los instrumentos o el equipo de sonido?. Me gustaría ver una comparativa y ver cuanto dinero se gasta por persona en cada caso y cuanto beneficios reciben unos y otros.

 

El tema de las subvenciones, como artista que soy, siempre me ha escamado (soy fotógrafo). La cuestión de que un señor reciba un dinero público, en base a no se sabe bien que criterios, es cuando menos sospechoso. El que unas artes sean subvencionadas y otras no, demostrando que hay artes de primera y de segunda, es casi de juzgado de guardia (lo curioso, es que los subvencionados son los que se quejan siempre de la crisis de su sector).

 

Lo que es ya surrealista, es que las subvenciones, se hacen sobre plano (como cuando compras un piso, pero con menos certezas). Subvencionan una película o cualquier otro acto cultural, sin saber si va a acudir gente, lo cual es paradójico, porque la gente paga esas subvenciones. Es como si todo un bloque de vecinos, pagara la reforma integral del 4º C, para disfrute exclusivo de los dueños de ese piso. Tiene más sentido pagar la reforma del ascensor, porque aunque vivo en el 1º y no lo uso, se que mucha gente lo hace, es un bien para la mayoría.

 

Muchos ahora, argumentaran, que las subvenciones son una forma de fomentar la cultura y conseguir que ciertos artistas, puedan hacer llegar su mensaje más facilmente. Cierto, pero la cuestión es, ¿cual es el criterio para dar esas subvenciones?, si se quiere fomentar la cultura y a los artistas, ¿no deberían darse a todo artista que lo pidiera?, si toda forma de arte es igual de válida, ¿por que se subvenciona el cine o ciertas músicas “cultas” y no al grafitero, al dibujante de comics o al que escribe un libro?.

 

No quiero decir con esto, que la sociedad tenga que dar la espalda a la cultura, pero cuidado con lo que se da y a quien se da. Lo que deberían hacer los poderes públicos, es dar facilidades, fomentar por ejemplo, los locales para conciertos (en madrid están desapareciendo a pasos agigantados). Poner salas para exposiciones, filmotecas para proyectar cortos y que ya entonces, el público decida si lo ofertado es bueno o malo. Pero eso de soltar dinero a proyectos supuestamente enriquecedores de la cultura, a artistas minoritarios que nadie escucha o actos culturales de escaso o nulo apoyo popular, no lo veo justo (la música fenicia ha desaparecido y nadie se ha cortado las venas por ello, que yo sepa).

 

Los Beatles no recibieron subvención, Picasso tampoco, Stanley Kubrick menos, todo se hizo, según mi punto de vista de la forma más justa, “Lo que haces es muy bueno…seré tu mecenas o invertiré en tu trabajo.”. Un sistema que dio pie a que existieran Velazquez, Leonardo Da Vinci, Shakespeare, Rolling Stone o Murnau, yo por lo menos, no veo justo pagar las ganas de ganar dinero de otros, por muy artistas que sean.

 

* Dos apuntes curiosos: El gasto exorbitante en Valencia de un arquitecto de renombrado prestigio (quien no tiene una obra de este señor no existe en el mapa cultural) y el gasto suntuoso e ilegal en el Palau de Barcelona (nunca la música clásica, dio tanto a tan pocos).

 

** Un caso navarro: El Baluarte, una mega-estructura maravillosa, que muchas veces no llena sus espectáculos debido a su sistema de abonos y precios exagerados (recomiendo sus asientos de gallinero, para gente de piernas muy cortas), el teatro Gayarre, por lo general a rebosar, precios asequibles y con unas instalaciones penosas (aquí los asientos de gallinero son directamente para gente sin piernas).

*** Gallinero:

1. Dícese del lugar donde se coloca al populacho que no puede pagar.

2. Allí arriba, a tomar por el saco, donde Cristo perdió los calzones, donde no se ve ni el escenario.

Compañeros

Compañero es alguien que te acompaña, en una tarea u otra, a lo largo de tu vida. Puede ser en un periodo de tiempo más o menos corto. Largo, incluso.

Con un compañero de clase aprendes a contar chistes, a explicar los ejercicios que el profesor no supo hacer, aprendes datos sobre enfermedades raras cuando se pone enfermo e, incluso, te vas de cena de vez en cuando. De un compañero de trabajo se aprende el día a día. Parejas, pañales, pasado, futuro, recortes, reyes, iglesia… y, de vez en cuando, a trabajar o no trabajar juntos. Con un compañero de atril… con un compañero de atril se aprende a sentir lo que él siente mientras lo está sintiendo, a respirar juntos y que de dos movimientos surja un único sonido, a ser parte de algo y pertenecer a esa unidad. Con un compañero de atril… con un compañero de atril se aprende a disfrutar de la vida.

Un compañero de atril enseña a medir, a entrar cuando el director da la entrada, a cortar en los silencios y esperar compases. Un compañero de atril enseña a poner arcos y digitaciones, a hacer pianos y fortes de orquesta, a tocar saltillo cuando hace falta. Junto a un compañero de atril se aprende a trabajar duro, a luchar por conseguir algo que únicamente suena así en tu cabeza, pero quieres poder oírlo. Se aprende a soñar y perseguir sueños. Se viaja. Se toca cansado del autobús, quemado de la playa o de resaca. Se intercambian partituras y se prestan cinturones. Se dan consejos y se reciben. Se discute. Se dialoga. Se aprende. Se siente. Y, al final del concierto, de cara a los focos, se agacha la cabeza para agradecer que ha estado a tu lado, siempre, desde la primera nota. Para recordarle que para ti es importante. Tu media naranja de atril, tu gramo de zumo de orquesta, tu compañero.

He estado en Polonia y en Valencia, en Cuenca y en Cantabria, en Zaragoza y Sangüesa. Hemos sufrido juntos porque los chelos llevaban un día de viaje en camioneta mientras nosotros volábamos en avión. Hemos cantado y bailado, hemos ido a la playa, y hemos bebido hasta que el bar cerrara. Pero, por encima de eso, muy por encima de eso, hemos aprendido a respirar a la vez y sentir la respiración del de al lado en la nuestra. Hemos conseguido igualar velocidades de arco y matices. Esa sensación de pasarle la hoja a alguien y estar orgulloso de hacerlo. Crecer mientras el otro crece, y desaparecer con él. Hacer un final de frase que se desvanece con la mano del director y que sea el mismo silencio, un único silencio, el que se queda en la sala después de la última nota, tener el arco aún encima de la cuerda, y quitarlo, y sentir que se ha acabado, algo ha desaparecido. Escuchar cada nota que brota del instrumento contiguo para intentar que sea lo mismo lo que hacen brotar tus dedos, cada instante, cada silencio, cada hercio y cada decibelio. Respirar. Moverse. Sentir a la vez. De un compañero de atril se aprende, en definitiva, a apreciar la vida.

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La música de los móviles

Sí, me refiero al sonido que emiten esos aparatitos casiparatodo que en la última década se han adherido a nuestras vidas como si fuesen no nuestra sombra sino nuestro marcapasos, nuestro guardaespaldas, el cordón umbilical que nos une a la vida real. Hablo de las músicas de los teléfonos móviles, conocidos simplemente como móviles, y no porque se muevan ellos, más bien porque los movemos nosotros, incluso porque nos mueven a comprar uno nuevo con lo último, a correr a cogerlos, a correr a apagarlos cuando suenan en un mal momento, a correr a esconderlos si pasa cerca algún espía de la SGAE y tenemos una música de no identificada procedencia…

¿Nunca se han fijado en la música del móvil del compañero de al lado, del vecino del 6º A, del conserje, del profesor de Filosofía (por supuesto, los teléfonos móviles de los profes también suenan, incluso en clase) o de su médico de cabecera? Hay quien mantiene la música de Nokia, tíroriro-tíroriro-tírorirora, que, sorprendentemente, es el “Gran Vals” (compases 14-16) del maestro Francisco Tárrega . Porque a algunos no les importa no ser originales, ni el problema que surge cuando los móviles de diez metros cuadrados alrededor tienen el mismo sonido. Puede ser que lo miren, más o menos discretamente, “¿es el mío?”, “seguro que no es el mío”, “nunca sé si es el mío, mañana mismo cambio el politono”.

Hay otras personas que buscan politonos más originales. –Y hablando de originalidad, la palabra politono en sí es la mar de original, por ahora no está en el Drae (no sé qué utilizan los puristas en su lugar, ¿sintoníadeteléfonomóvil?; lo prometo, me informaré).- Un día esperando en un cajero automático, fui testigo de que alguien tenía el himno de España. (Y ¿por qué no? No tendrá dudas sobre si es el suyo.) También he oído el aurresku, el “Eusko gudari”, el himno del Barça… Sin complejos.

Aparte de esa identificación en cuanto a balones y patrias, se pueden elegir otros motivos, ya que sabemos que el sonido de nuestro móvil dice algo de nosotros, tanto si es muy común como si es muy escogido: Karina buscando en el baúl de los recuerdos o los Pitufos, mi canción preferida de la última temporada, una canción rara que nadie tenga para reconocer el mío siempre, una música que yo mismo he compuesto que para eso soy músico, la canción que más le gusta a mi última novia o la que más odia su madre, una buena interpretación de gregoriano o un arranque de rock duro. Incluso podemos renunciar a la música y colocar un Pepito Grillo que nos advierte: “Te están llamando”, “Que te llaman”, “Soy tu móvil, cógeme”, o el ring-ring clásico de los teléfonos antiguos de sobremesa negros con los que se podía cometer un asesinato.

Y ya puestos, ¿por qué no el de mi moto, que es lo que más me pone?, ¿por qué no una bocina de camión, de esas que hacen que los peatones crucen de un brinco los pasos de cebra?, ¿por qué no una sirena de ambulancia, la de una fábrica, la de un trasantlántico?, ¿y el dulce y acariciador ronroneo de un boeing despegando?

Consuelo Allué